MEMORIA HISTÓRICA DE “RÍO DE OLMOS”
Río de Olmos es uno de los ámbitos de Valladolid que han tenido su
significación antes de llegar a su olvido y a su transformación urbana.
Situado a lo largo de la ribera, de la orilla izquierda, del Pisuerga
abajo, desde más allá del Campo Grande hacia el actual puente de la División
Azul, hasta el Camino Viejo de Simancas, hoy solamente algunos muy
informados tienen noticia de que hubo un tiempo en que existió. Pero, tal y
como me ha comunicado Luis Ángel Largo, con su Asociación de ángel de la
guarda del Pisuerga, existen testigos del tiempo en que fue un conjunto de
huertas con fincas de recreo y de cultivo a la vez y un paisaje animado.
En efecto, al margen de la presencia estacional de los privilegiados o de
los trabajadores de las huertas y de los plantíos, por allí pasaron órdenes
religiosas de manera nada excepcional y como estación más o menos efímera
hasta asentarse ciudad adentro. Órdenes religiosas significativas que
fundaron en Valladolid y lo hicieron en Río de Olmos en primera instancia.
Así sucedió con el primer convento masculino que se asentó en la Villa, el
de los franciscanos, allá nada menos que por el año 1230. En su Historia de
Valladolid (escrita en la primera parte del siglo XVII) Juan Antolinez de
Burgos recoge la leyenda cordial, y por ello mismo tan valiosa, de que fue
nada menos que el fiel compañero de San Francisco de Asís, fray Gil, el
fundador que -dice- en 1210 puso el convento en el sitio donado por el rey,
“en el Río de Olmos, que es ribera del Pisuerga, un cuarto de legua de
Valladolid, camino de Simancas”. Antolinez llega incluso a recoger la otra
leyenda de que por “este sitio venerando” pasó San Francisco de Asís.
Naturalmente, los cronistas conventuales están de acuerdo con todo esto,
reproducido por el otro historiador cronista de Valladolid en el siglo
XVIII, Manuel Canesi. Unos treinta años estuvieron los franciscanos en aquel
paraje que se mostró insano por la cercanía del río y propicio a las
tercianas. Por ello lograron asentarse junto a la plaza del mercado, donde
permanecerían hasta la exclaustración. María Antonia Fernández del Hoyo ha
dado noticias de todo ello en su libro espléndido y elocuente sobre el
Patrimonio perdido de Valladolid.
Los siguientes en fundar en Río de Olmos fueron los carmelitas, mucho más
tarde ya, por 1560. Los trajo Doña María de Mendoza, la mujer del conocido
Don Francisco de los Cobos, Secretario de Carlos V. Poco tiempo, menos de
tres años quizá, estuvieron allí al haber conseguido otro lugar más propicio
a la entrada de la villa que no tardaría en llamarse Puerta del Carmen. El
nuevo convento con su iglesia completaban el escenario eclesiástico y
conventual del Campo Grande hasta que se secularizó, también a partir de la
exclaustración en el siglo XIX y el derribo de todo ello en el XX para
convertirse en Hospital Militar, que lo ha sido hasta hace tan poco tiempo.
En un espacio más cercano al núcleo de la villa de Valladolid, y ya en el
siglo XVII, por 1631, fundaron los Capuchinos en otra de las huertas y
fincas de recreo, concretamente en el palacio donado por el marqués de
Tavara “sito en una huerta ribera del Pisuerga fuera de la Puerta del Campo”
(Antolinez). A los cinco años fue destruido por una de las crecidas del río,
y los capuchinos iniciaron el camino de aposentamientos que acabaría
fijándose también en uno de los espacios del Campo Grande.
Pero mucho antes de que los capuchinos llegasen a Valladolid, y a escasos
años de haber dejado los Carmelitas la huerta de Doña María de Mendoza, en
Río de Olmos estuvieron los moradores más eximios que haya tenido ese ámbito
ribereño: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Aquí ya no cabe la
leyenda puesto que está todo ello documentado por quien fue protagonista,
testigo y narradora de todo lo acontecido. Por ello mismo nos permitimos
remitir a los capítulos diez, once y doce de su libro encantador de las
Fundaciones, con datos tan interesantes acerca del Valladolid de 1568.
Andaba la Madre Teresa con la fundación de Medina del Campo el año antes
cuando se le presentó Don Bernardino de Mendoza, que tanto y tan bien había
oído hablar de la Madre a sus hermanos Don Álvaro d Mendoza, el gran
benefactor obispo de Ávila antes, entonces ya de Palencia pero que no salía
de Valladolid. Don Bernardino era joven y no debemos esperar que aparezca su
nombre en la relación teresiana por la sencilla razón de que era eso, joven
y distraído. Pero piadoso. Y ofreció a la Madre, para que fundase en
Valladolid, tal y como ella nos dice,”que él daría una casa que tenía con
una huerta muy buena y grande que tenía dentro una gran viña, de muy buena
gana, y quiso dar luego la posesión; tenía harto valor”. Estaba en el mismo
Río de Olmos por el que habían pasado franciscanos y carmelitas, con una
casa que haría de convento.
No es que entusiasmara a la Madre Teresa el ofrecimiento por dos motivos:
por su lejanía del centro urbano, necesario para las limosnas (”porque
estaba casi un cuarto de legua del lugar”), y por ser lugar malsano: “y,
aunque era de gran recreación, por ser la huerta tan deleitosa, no podía
dejar de ser enfermo, que estaba cabe el río”. Por ello la primera
experiencia, nada más llegar a Valladolid el 11 de agosto de 1568 y verse
obligada a ir a misa al Carmen calzado, fue la de constatar que caía “tan
lejos, que me dobló más la pena”. La segunda fue la de enfermar todas las
monjas de tercianas, de aquellas fiebres palúdicas tan propias de los
humedales: “caímos casi todas malas”. Y ante esta última circunstancia, la
hermana de Don Bernardino, inesperadamente fallecido en Úbeda, se
compadeció y se encargó de que a los cinco meses escasos de la llegada se
trasladaran (3 de febrero de 1569) a su otra finca, más conveniente para el
proyecto de Santa Teresa, que sería la morada permanente de la fundación
teresiana (la actual del convento de la Rondilla de Santa Teresa).
Pero en aquella breve estancia en Río de Olmos tuvieron lugar
acontecimientos interesantes para la historia de Valladolid. Uno de ellos,
tan propio de aquellas mentalidades sacralizadas, fue la celebración de la
primera misa en el conventillo improvisado. Como la Madre Teresa había
tenido la revelación de que Don Bernardino saldría del purgatorio en cuanto
se dijese esta primera misa allí, “viniendo el sacerdote adonde habíamos de
comulgar con el Santísimo Sacramento en las manos, llegando yo a recibirle,
junto al sacerdote se me representó el caballero que he dicho, con rostro
resplandeciente y alegre; puestas las manos, me agradeció lo que había
puesto por él para que saliese del purgatorio y fuese aquel alma al cielo. Y
cierto, que la primera vez que entendí estaba en carrera de salvación, que
yo estaba bien fuera de ello y con harta pena, pareciéndome que era menester
otra muerte para su manera de vida; que, aunque tenía buenas cosas, estaba
metido en las del mundo”. Como es sabido, Rubens se encargaría de llevar a
la pintura esta visión de Santa Teresa en un cuadro singular.
Más importante fue la presencia de fray Juan de la Cruz (mejor, dicho, fray
Juan de Santo Matía entonces). Era carmelita calzado, y la Madre Teresa, en
Medina del Campo, le había ganado para su reforma todavía en proyecto. El
joven estudiante de Salamanca fue su gran esperanza. Y a Río de Olmos se lo
trajo. Y fue allí donde fray Juan de la Cruz tuvo como maestra de novicios
a la Madre Teresa, donde discutieron sobre la nueva orden de frailes
descalzos y donde el novicio aprendió el sentido humanista, no sólo el del
rigor, del estilo teresiano. Lo dice la misma Santa: “Yo me fui con fray
Juan de la Cruz a la fundación que queda escrita de Valladolid. Y como
estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura,
había lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra
manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de
mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas;
El era tan bueno, que, al menos yo, podía mucho más deprender de él que él
de mí: mas esto no era lo que yo hacía, sino el estilo del proceder las
hermanas”.
Aquella ribera del Pisuerga, el antaño Río de Olmos, fue un lugar que
durante mucho tiempo estuvo presente en la imaginaria de los vallisoletanos,
que oían decir que por allí había estado nada menos que San Francisco, que
allí se había obrado el milagro pintado por Rubens. Y que sabían, porque
esto fue realidad, que fue el sitio donde estuvieron Santa teresa y San Juan
de la Cruz.
De aquel sitio “deleitoso” y enfermizo se conserva el recuerdo en la fuente
y la leve construcción de Olmos, en el margen izquierdo del Pisuerga a su
paso por Cuatro de Marzo (a la altura del Colegio de Francisco de Quevedo) y
que muy bien puede coincidir con el lugar mismo “de la casa con una huerta
muy buena y grande que tenía dentro una gran viña” que dice Santa Teresa.
Merece la pena conservar y adecentar este reducto privilegiado en la
memoria de antes y en el olvido de ahora de los vallisoletanos.
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